
Ayer por la tarde antes de ir al centro, busqué vaciarme de pensamientos, cuando mi cuerpo ya fue sólo silencio entré en la ciudad, sólo así podía escuchar su voz. Caminando por Hidalgo sentí que la brisa se aferraba a mi mano, dulcificaba mis dedos y que los rayos del sol al ir declinando, mostraban el cielo en todo su esplendor.
Mis pasos adquirieron la parsimonia que mana al preámbulo del atardecer, su ritmo profundo de inhalación, reposo y exhalación.
Había quedado con Eric. Entre sus manos un bajo, y entre ellos un diálogo ensimismado. La música fue el inicio de la conversación, que precisamente calló al instrumento, para platicar de él y del arte que surge de la música como un elemento más de nosotros mismos. Como una necesidad no sólo de expresión, sino de crecimiento. Platicamos de tantas y tantas cosas de lo cotidiano de la vida, que al final y por inercia derivamos en filosofía como si se acercara el fin de los días, sin darnos cuenta, que llega a cada momento que no tomamos conciencia de la vida misma. Un proverbio japonés acabó por acercar posturas y finiquitar quimeras.
Las cosas son como son. Si las entiendes son como son, y si no las entiendes, son como son.
Nos despedimos, él tenía trabajo y yo temía que los últimos rayos del sol fueran a despedirse sin un abrazo.
Al llegar a Ezequiel Montes, volteé a mi derecha, la cúpula de Santa Rosa de Viterbo se camuflaba entre los árboles restallando sobre el follaje con una luz líquida y brillante. Busqué hasta llegar a Madero, torcí siguiendo el instinto de los rayos del sol, la misma brisa que me acompañó en Hidalgo la vi trastabillar las hojas de los monumentales árboles al llegar al jardín de Santa Clara. La fuente de Neptuno murmuraba como murmuran los manantiales, pero exhalaba aromas a salitre y nostalgias de océano y las palomas al beber de sus aguas, creían que eran gaviotas y levantaban el vuelo como si fueran a perderse en altamar.
Al cruzar Allende se apreciaba la torre del templo de San Francisco recortada sobre el cielo azul Corinto como un faro cuyas piedras centenarias parecían rezumar luz propia. Ya en el jardín Zenea encontré la misma torre reflejada en varios escaparates de las tiendas, y a modo de tributo inmortalicé su imagen en varias fotos.
A pie de calle pude vislumbrar en las alturas compartiendo privilegio con las campanas una figura humana. Ahí sería mi segunda parada. Entré en el templo de San Francisco, el silencio se esfumó de mi cuerpo, y sentí que a veces el dolor de la emoción también nos hace sentir vivos. Subí, pasé por donde está el órgano enmudecido para siempre, una luz cobriza entraba por una vidriera iluminando el enorme y labrado fascitol, despertando reminiscencias de un aura con aromas petrificados a madera e historia reposada. Llegué hasta la empedrada y circular escalera, repasé con mis manos las paredes sintiendo el frio de la piedra. Ya arriba estaba Lalo y Ernesto dispuestos a repartir con el repique de campanas una de tantas voces inolvidables de la ciudad. Desde allí arriba la perspectiva de la ciudad y de uno mismo cambia por completo; el sabor entre áspero y dulce de la brisa, las caricias gélidas de los últimos rayos del sol, la presencia inmemorial del Cimatario a la izquierda, la ciudad extendiéndose en su megalomanía hasta donde la vista alcanza, las torres de los demás templos definir y refinar el perfil, las montañas azules a lo lejos y un vasto océano de cielo inundándolo todo, y de nuevo la esencia del silencio en superlativos al ver morir el Sol desde ahí arriba que es lo más parecido a nacer de nuevo.
Siempre creí que cuando el campanero calla, hablaban las campanas. Pero no es así, las campanas es precisamente el lenguaje del campanero, y lo sé, porque yo esa vez tuve la oportunidad de constatarlo cuando, esa vez, pude repicar con ellos.
Tu cuerpo se convierte en vibración, no sólo cuando estás repicando, sino cuando dejas de hacerlo. Sientes que tu esencia va repartiéndose en el vacio con el sonido de las campanas, que estás en todas partes, que te fundes en la ciudad en sus muros, sus calles, sus esquinas, sus árboles. Que la fuerza, la alegría, la pasión cuando repicas la impregnas en el mismo sonido y puede que nadie te escuche o te preste atención, pero no te importa, porque al fin y al cabo es un dialogo místico, íntimo y mágico entre tú, la campana y la ciudad.
Dejé las alturas agradeciendo una por una las campanas, aquel mágico momento y privilegiado lugar. Ya a pie de calle el contraste es tan hosco, que uno cobra su verdadera estatura y se siente pequeño, casi insignificante, completamente desubicado, como cuando despiertas de un sueño.
Seguí mis pasos aún tenía una tercera y última parada. Andador cinco de Mayo, allí donde está la estatua del conchero vi a Osvaldo, él es un danzante, los miércoles suelen juntarse algunos de ellos para ensayar ahí sus danzas. Le saludé, le pedí permiso para tomarles fotos, inhalé el aroma del sahumerio que desprendía el copal y volví a subir a los cielos. Quise hacer tiempo mientras ellos esperaban a más de sus compañeros.
Preparando mi cámara sentí la luz de unos ojos que me miraron, aún después de tanto tiempo con un asombro que me hizo experimentar la dulzura de su contagio. Era Krystal y su amiga Maviela, a Krystal hacía más de un año que no la veía, a Maviela era la primera vez que nos veíamos y como si no lo fuera. Platicamos de cosas que no están en los libros hasta que el tiempo careció de sentido y significado. Al despedirnos agradecí el calor de sus abrazos, el cálido contacto de sus manos, la sonrisa de la luz de sus ojos que ahora desde la perspectiva del tiempo siguen iluminándome con toda potestad, formando parte de la riqueza que vamos acumulando en la herencia de los buenos momentos.
Cuando regresé con los concheros ya estaban danzando, y una pequeña multitud se había arremolinado al sonido del huehuetl, a la danza y en pos del calor humano. El sonido de los huesecillos de fraile me rememoraba al otoño, a miles de hojas tremolando en los árboles bajo el incansable aliento del viento. Las pavesas incandescentes de copal en el sahumerio añoraban ser rocío en el cielo y, las estrellas que tiritaban observándonos desde el firmamento sentían nostalgia de su pasado mortal. Mientras, ellos seguían danzando ajenos al mundo. Quise quedarme hasta que fuera el único. Cuando todos se fueron y la calle solo dejó restos líquidos de la luz de las farolas, sentí que el suelo donde bailaron aún guardaba la calidez de sus pasos, que seguía retumbando y que algunas de sus sombras seguían danzando aún sin ellos. Y sí, se fueron, pero todavía se escuchaba los sonidos del huehuetl, tardé en darme cuenta que eran los latidos de mi corazón que habían aprendido el son del tambor.
La calle estaba desierta, tan sólo la estatua del conchero que mostraba miradas de ausencia, la torre de San Francisco señalando la estrella del norte y un trozo de brisa caracoleando a media altura hasta perderse entre las ramas de los árboles del jardín Zenea.
Volví a donde mora el silencio, sabía que la noche podría adquirir momentos épicos de eternidad. Para ello me dejé llevar por el murmullo del agua de las fuentes, empezaría a brindar con el vino que escancia la diosa Hebe en su pedestal de bronce y después, quién sabe, borracho perdido tal vez le suplicaría a Neptuno que hurgara con su tridente en mi corazón, siempre tuve curiosidad sobre el color que tendra la sangre de mi alma.
Mis pasos adquirieron la parsimonia que mana al preámbulo del atardecer, su ritmo profundo de inhalación, reposo y exhalación.
Había quedado con Eric. Entre sus manos un bajo, y entre ellos un diálogo ensimismado. La música fue el inicio de la conversación, que precisamente calló al instrumento, para platicar de él y del arte que surge de la música como un elemento más de nosotros mismos. Como una necesidad no sólo de expresión, sino de crecimiento. Platicamos de tantas y tantas cosas de lo cotidiano de la vida, que al final y por inercia derivamos en filosofía como si se acercara el fin de los días, sin darnos cuenta, que llega a cada momento que no tomamos conciencia de la vida misma. Un proverbio japonés acabó por acercar posturas y finiquitar quimeras.
Las cosas son como son. Si las entiendes son como son, y si no las entiendes, son como son.
Nos despedimos, él tenía trabajo y yo temía que los últimos rayos del sol fueran a despedirse sin un abrazo.
Al llegar a Ezequiel Montes, volteé a mi derecha, la cúpula de Santa Rosa de Viterbo se camuflaba entre los árboles restallando sobre el follaje con una luz líquida y brillante. Busqué hasta llegar a Madero, torcí siguiendo el instinto de los rayos del sol, la misma brisa que me acompañó en Hidalgo la vi trastabillar las hojas de los monumentales árboles al llegar al jardín de Santa Clara. La fuente de Neptuno murmuraba como murmuran los manantiales, pero exhalaba aromas a salitre y nostalgias de océano y las palomas al beber de sus aguas, creían que eran gaviotas y levantaban el vuelo como si fueran a perderse en altamar.
Al cruzar Allende se apreciaba la torre del templo de San Francisco recortada sobre el cielo azul Corinto como un faro cuyas piedras centenarias parecían rezumar luz propia. Ya en el jardín Zenea encontré la misma torre reflejada en varios escaparates de las tiendas, y a modo de tributo inmortalicé su imagen en varias fotos.
A pie de calle pude vislumbrar en las alturas compartiendo privilegio con las campanas una figura humana. Ahí sería mi segunda parada. Entré en el templo de San Francisco, el silencio se esfumó de mi cuerpo, y sentí que a veces el dolor de la emoción también nos hace sentir vivos. Subí, pasé por donde está el órgano enmudecido para siempre, una luz cobriza entraba por una vidriera iluminando el enorme y labrado fascitol, despertando reminiscencias de un aura con aromas petrificados a madera e historia reposada. Llegué hasta la empedrada y circular escalera, repasé con mis manos las paredes sintiendo el frio de la piedra. Ya arriba estaba Lalo y Ernesto dispuestos a repartir con el repique de campanas una de tantas voces inolvidables de la ciudad. Desde allí arriba la perspectiva de la ciudad y de uno mismo cambia por completo; el sabor entre áspero y dulce de la brisa, las caricias gélidas de los últimos rayos del sol, la presencia inmemorial del Cimatario a la izquierda, la ciudad extendiéndose en su megalomanía hasta donde la vista alcanza, las torres de los demás templos definir y refinar el perfil, las montañas azules a lo lejos y un vasto océano de cielo inundándolo todo, y de nuevo la esencia del silencio en superlativos al ver morir el Sol desde ahí arriba que es lo más parecido a nacer de nuevo.
Siempre creí que cuando el campanero calla, hablaban las campanas. Pero no es así, las campanas es precisamente el lenguaje del campanero, y lo sé, porque yo esa vez tuve la oportunidad de constatarlo cuando, esa vez, pude repicar con ellos.
Tu cuerpo se convierte en vibración, no sólo cuando estás repicando, sino cuando dejas de hacerlo. Sientes que tu esencia va repartiéndose en el vacio con el sonido de las campanas, que estás en todas partes, que te fundes en la ciudad en sus muros, sus calles, sus esquinas, sus árboles. Que la fuerza, la alegría, la pasión cuando repicas la impregnas en el mismo sonido y puede que nadie te escuche o te preste atención, pero no te importa, porque al fin y al cabo es un dialogo místico, íntimo y mágico entre tú, la campana y la ciudad.
Dejé las alturas agradeciendo una por una las campanas, aquel mágico momento y privilegiado lugar. Ya a pie de calle el contraste es tan hosco, que uno cobra su verdadera estatura y se siente pequeño, casi insignificante, completamente desubicado, como cuando despiertas de un sueño.
Seguí mis pasos aún tenía una tercera y última parada. Andador cinco de Mayo, allí donde está la estatua del conchero vi a Osvaldo, él es un danzante, los miércoles suelen juntarse algunos de ellos para ensayar ahí sus danzas. Le saludé, le pedí permiso para tomarles fotos, inhalé el aroma del sahumerio que desprendía el copal y volví a subir a los cielos. Quise hacer tiempo mientras ellos esperaban a más de sus compañeros.
Preparando mi cámara sentí la luz de unos ojos que me miraron, aún después de tanto tiempo con un asombro que me hizo experimentar la dulzura de su contagio. Era Krystal y su amiga Maviela, a Krystal hacía más de un año que no la veía, a Maviela era la primera vez que nos veíamos y como si no lo fuera. Platicamos de cosas que no están en los libros hasta que el tiempo careció de sentido y significado. Al despedirnos agradecí el calor de sus abrazos, el cálido contacto de sus manos, la sonrisa de la luz de sus ojos que ahora desde la perspectiva del tiempo siguen iluminándome con toda potestad, formando parte de la riqueza que vamos acumulando en la herencia de los buenos momentos.
Cuando regresé con los concheros ya estaban danzando, y una pequeña multitud se había arremolinado al sonido del huehuetl, a la danza y en pos del calor humano. El sonido de los huesecillos de fraile me rememoraba al otoño, a miles de hojas tremolando en los árboles bajo el incansable aliento del viento. Las pavesas incandescentes de copal en el sahumerio añoraban ser rocío en el cielo y, las estrellas que tiritaban observándonos desde el firmamento sentían nostalgia de su pasado mortal. Mientras, ellos seguían danzando ajenos al mundo. Quise quedarme hasta que fuera el único. Cuando todos se fueron y la calle solo dejó restos líquidos de la luz de las farolas, sentí que el suelo donde bailaron aún guardaba la calidez de sus pasos, que seguía retumbando y que algunas de sus sombras seguían danzando aún sin ellos. Y sí, se fueron, pero todavía se escuchaba los sonidos del huehuetl, tardé en darme cuenta que eran los latidos de mi corazón que habían aprendido el son del tambor.
La calle estaba desierta, tan sólo la estatua del conchero que mostraba miradas de ausencia, la torre de San Francisco señalando la estrella del norte y un trozo de brisa caracoleando a media altura hasta perderse entre las ramas de los árboles del jardín Zenea.
Volví a donde mora el silencio, sabía que la noche podría adquirir momentos épicos de eternidad. Para ello me dejé llevar por el murmullo del agua de las fuentes, empezaría a brindar con el vino que escancia la diosa Hebe en su pedestal de bronce y después, quién sabe, borracho perdido tal vez le suplicaría a Neptuno que hurgara con su tridente en mi corazón, siempre tuve curiosidad sobre el color que tendra la sangre de mi alma.
