sábado, 22 de noviembre de 2008

AROMAS DE COPAL


-Lo soñé y es como si lo hubiera vivido despierto. Paseando descalzo por el Sangremal un destello de lluvia de plumas de águila se desprendían como lágrimas de la noche del cielo al trasluz de una luna llena. Bajo un murmullo sibilino cercano a la voz del silencio, absorbidas por el suelo, fecundaron un árbol, el tamoanchan. Y desperté-. Así me dijo y continuó diciendo…
-No hace mucho en una noche tibia de verano, bajo la constelación de Sagitario. La Vía Láctea fertilizaba de nuevo el firmamento reflejándose a los ojos humanos, era un 25 o debía serlo. Allí encontré de nuevo ese susurro que previamente me había visitado en sueños. Una especie de brisa procedente de los cuatro puntos cardinales, de las seis direcciones del Universo, inundándolo todo…- finalizó a la vez que nos miramos mutuamente como si en nuestros ojos además de compartir asombro, quisiéramos encontrar las respuestas que lo llenaran todo.
-Todavía no he dejado de escucharlo- confesó.
De esto ha pasado mucho tiempo; tanto que cuando volví a verlo ya no parecía el mismo. Nos encontramos casualmente en la explanada de la iglesia de la Santa Cruz.
-¿No escuchas…- fue lo primero que me dijo como si nos hubiéramos visto ayer mismo y como si aquel sonido que él escuchaba fuera algo obvio -… el rasgar de una concha como el romper de las olas en el océano, el crótalo de los huesos de fraile como un siseo de un flogístico fuego?. ¿Es el huéuetl latiendo, repartiendo su retumbo por la tierra?. ¿No escuchas el eco del caracol marino explayándose por el viento?, la chirimía, las sonajas, el teponaztle …? el canto inmaculado del conchero…?-.
-No escucho-, fui conciso; como sincero.
-Debajo de cada iglesia hay un templo indígena- me dijo sonriendo.
-¿Y debajo de cada templo indígena?-, pregunté.
-Nanita- me respondió sereno.
Qué hermoso, pensé. Nanita es la madre naturaleza, no podía ser de otro modo.
Él continuó diciendo.
-Me desperté en un amanecer en la peña de Bernal, pernocté bajo las ramas del sabino grande de San Miguel de Tolimán, peregriné de pueblo en pueblo por la Sierra Gorda; hasta recorrí por toda la tierra del Anáhuac. En todos estos lugares encontré el mismo murmullo, la misma alabanza, la voz del silencio colmándolo todo- dijo.
-Pero no vi rastro de los concheros, ni de sus bailes, ni de sus cantos compadritos, ni de sus plumas recortándose en el horizonte del cielo, ni del sahumerio de copal esparcido en el viento, pero sí alcancé a olerlo…-.
Ya jamás volví a verlo, pero en el vacío de su ausencia asentí en el eco de la intuición, que él, por fin había encontrado el camino en el mismo camino, pero tuvo que pasar un tiempo para saber realmente de lo que me estaba hablando.
Fue en un eclipse donde en una oración el corazón de la luna se había fundido en un abrazo en el pecho ardiente del sol, donde por fin pude escuchar la voz del silencio y comprendí por fin, todos sus sueños.
Ese es el verdadero significado del canto de los chichimecas; sus alabanzas, podrás escucharlas y aún puede que no los veas, pero su voz está en todas partes; es la vibración que esparce la vida en su más íntima y divina esencia, su semilla de lo que están conformadas todas las cosas aunque se manifiesten de diferente forma; lo verás en el rocío libar el pétalo de la rosa y en la misma rosa; lo escucharás en el viento soplar por la cañada, o en la playa rompiendo las olas, en el rutilar de las estrellas, o en una lágrima, porque esa alabanza nace de la esencia desinteresada, fruto del agradecimiento. Es una voz que se alaba a sí misma, porque sabe de su unión mística con lo que le rodea, sin haber diferencia con el polvo que pisa en esta tierra ni en la corona de estrellas sobre su cabeza. Es un canto donde los pares de opuestos se equilibran, la noche y el día, lo masculino y lo femenino en una misma unidad; arriba y abajo, cielo, tierra, aire y fuego en el mismo crisol. Eso es fundamentalmente la voz del silencio, la que nace del corazón; el amor.

Del libro de cuentos 24 LEYENDAS VIVAS DE QUERÉTARO …Y 1 MEMORABLE HISTORIA A ORILLAS DE LA PERLA DEL PAPALOAPAN
NÚMERO DE REGISTRO: 03-2008-072912504300-14

EL HIJO DE LAS ÁGUILAS


Hace mucho tiempo que no le veo, pero cada día que paso por la estatua de la Corregidora me obligo a echarlo de menos. Cinco o seis años de niño como mucho, nunca podría habérmelo imaginado de viejo, pero hace mucho tiempo que no le veo y no es el peso del tiempo, sino su vacío el que aún en tiempo de la canícula, hace que me consuma de frío. En el desamparo de su rostro tenía labrado el epitafio absurdo de su infortunio, bajo un silencio ajeno e infame nos devolvía al barlovento de sus ojos la mirada de un vacío infinito, mirada de ojos de mundo, el nuestro. No respondía a ningún nombre, pero se acercaba despacio si en cualquier ajena mano, encontraba restos de comida o miserables pesos de desconsuelo. Analfabeto para aquellos que piensan que con dominar el lenguaje leído y escrito ya está todo sabido. Hay miradas que guardan silencios, que hablan todos los idiomas del universo. Ser huérfano fue su primer oficio aprendido a los dos años y medio. Nunca conoció el nombre de sus padres y si los tuvo ni le alcanzó recuerdo; tardó tiempo en descubrir que todo lo vivo tuvo su progenitor, y aún tardó mucho en creerlo y cuando por fin lo asimiló, ya era a tarde para buscarlos. Si el destino le proveyó de olvido, el fuego de su espíritu le reveló su condición de humano buscando ese calor perdido, ese cálido aliento innato que todos buscan darlo o como la mayoría, recibirlo.
-¿Qué has comido hoy?-.
-Agua- me respondió.
Yo lo vi, tuve la grandísima suerte de verlo. Una noche sin cielo, crujiendo el velo de nubes bajo el espanto pedregoso de los relámpagos. Completamente empapado, por manto la lluvia cubriendo su cuerpo. Lo desperté preocupado, infeliz e incauto. Vivía de sus sueños, durmiendo sobre los lomos alados de una de las cuatro águilas que cubren los cuatro ángulos del monumento a la Corregidora. Diría que tenía un dulce ensueño, o no debería estar vivo. Tamaña serenidad yo nunca la he visto entre humanos. Quise engañarme porque dudar era poco, no es de este mundo, pero cuando despertaron sus ojos, desparecieron todos mis miedos. No era de este mundo, afirmé, y me volví loco.
Hace mucho tiempo que no lo veo, pero cada día que respiro el cielo no puedo evitar echarlo de menos. Es como si lo llevara en el latir del corazón, en el tuétano de mis huesos, en las lágrimas sin llanto, en la brisa que levanta el silencio. Aún no puedo quebrar de mi pensamiento aquello que cuando me agarró confianza me contó a la sombra de un roto de cielo. De su pasado no solía hablar y sin embargo su mirada estaba arrasada de una nostalgia ancestral.
-Las águilas me adoptaron- dijo con naturalidad.
Cada noche dormía en los lomos de una de ellas, cada una bautizada con un nombre que no me atrevo a revelar. Según él y a su modo de explicarse, aseguraba que todas tenían su propia personalidad, su genio y su genialidad. Decía que cuando dormía siempre soñaba volar. Él se encargaba por las mañanas de limpiar de suciedad las águilas del monumento, de preservar las hormigas que deambulaban por las escalinatas que suben al mismo; decía que todo el monumento era un grandísimo hormiguero de hormigas rojas, a veces las sentía moverse cuando subía descalzo por los escalones, pero nunca pisó alguna y ellas siempre respetaron y compartieron el mismo hogar. Escondía en los orificios de los cañones que están en cada una de las águilas sus cosas personales, que se reducían a unas bolas de trapo con las que hacía malabares en algún perezoso semáforo del centro histórico de la ciudad. Lo vi sólo dos veces y envejecí toda una vida siendo incapaz de olvidarlo. Desde entonces ya llovió mucho. Una vez, en una de tantas noches de lluvia en soledad, me acerqué sin esperanzas a la plaza Corregidora. Las calles relumbraban mojadas y no hube alcanzado la sombra que deja la estatua a la luz de la luna cuando escuché el férreo crujir de unos hierros retorciéndose en chirridos oxidados desprendiéndose del suelo y un desentumido aleteo, sereno, de brillo metálico y cuatro sombras, siluetas esbeltas, recortadas en el sahumerio de las nubes del cielo al contraluz de los luceros dando círculos perfectos y en el eco infinito unas llamadas como si buscaran algo. Nunca estuve seguro de ello… Kia, Kia, Kia, Kia.
Si alguna vez fijan su atención en las águilas del monumento, digo, verán como son permisivas con todos los niños, dejando que las suban y acaricien con sus manos o sus pies desnudos. Yo sé de plano que les recuerdan a su hijo al que una vez adoptaron, no como a un hijo ilegítimo, sino como si fuera suyo, el de todos, el nuestro.

Del libro de cuentos 24 LEYENDAS VIVAS DE QUERÉTARO …Y 1 MEMORABLE HISTORIA A ORILLAS DE LA PERLA DEL PAPALOAPAN
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RECUERDOS DE MAZATLAN




Fue una extraña primavera, abrazado al frío de Enero, crepúsculo de luna llena y por voz, un silencio. Un silbo arcaico y ciego, flotaba indolente arrastrándose en un reguero incierto, al desamparo indiferente del trasiego humano, bajo la luz taciturna, de un sol soñoliento. Reunidos todos los vientos en un manojo de sueños, una brisa ebria barrió los últimos vitrales levantando vahos cobrizos de polvo, hojas podridas desprendidas del cielo. Llovía en algunas esquinas de Querétaro, apenas unas esquirlas de gotas embarradas de ocre viento, una lluvia rala, de compromiso, que ni nubes habían, acaso dos estrellas en el horizonte saeteado de iglesias y de ellas, una, era Venus, el planeta.
Una procesión astillada de semicorcheas me trajo a su vera, sentado bajo la arcada pétrea de una madreselva cuyas flores, eran blancas piedras. Cuatro pesos era todo el rocío de monedas escampadas en tierra y en el regazo engatusado de su hombro, un violín de tres hebras por cuerdas deshaciéndose en regueros de aserrín, desmoronándose por la carcoma cada vez que raspaba corrigiendo el aura de las notas; dejando guijarros de escarcha, retales fugaces de su alma, en las ascuas marchitas de una ausencia.
-Es tierra- me dijo. -Arena de la playa de Mazatlán…-.
Tras su dermis velluda de arrecife, el salitre había cauterizado en su mirada una profundidad cósmica. De manos primorosamente erosionadas, sus dedos languidecían como algas desmochadas tocando siempre la misma tonada...
-Es el murmullo del mar de Sinaloa- aseguró. -El violín guarda los sonidos de una caracola. Me recuerda las olas- y sonreía o parecía que lo hiciera, con un deje de tristeza infinita.
Antes de alejarme con mis prisas urbanitas le di una miseria de monedas, conchas creyó que eran. Se santiguó al escuchar el repiqueteo del nácar en la acera, sin poder evitar el desprendimiento de una lágrima, marchitándose en la tierra.

Del libro de cuentos 24 LEYENDAS VIVAS DE QUERÉTARO …Y 1 MEMORABLE HISTORIA A ORILLAS DE LA PERLA DEL PAPALOAPAN
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GAVILAN EL DEL PUERTO


Enjuto de carnes, chupado de huesos, ceniza de pelo, de luna tostado, mostrando un torso desnudo escamas por pecho, desbriznándose a modo de fina escarcha mezquinos pelos. Salvador de Aristofanes, más conocido por los niños en el pueblo de Tlacotalpan como Gavilán el del puerto.
-A mi me alumbró la mar- espetaba con una alegría boba y sin rodeos.
Prolijo de habla, se inventaba palabras que solo él entendía, dejando restos de espuma entre la sutura vencida de sus labios. El tiempo se le había comido los dientes mascando cada una de las voces que salían de su garganta. Perfilándose con flojedad su rostro al cielo, se vanagloriaba de su propia ceguera, perjurando no haber visto nunca las estrellas. De párpados caídos, trémulos al hablar, de improviso se le derrotaban lágrimas huérfanas.
-Saladas- farfullaba cuando las recogía con su lengua.
-A mi me alumbró la mar- repetía de nuevo en una mundanal salmodia, llevado por una inhalación tan profunda, que el oxígeno atolondraba las sienes de su cerebro y al exhalar, su aliento había agarrado el vaho del salitre y las olas desgastadas del mar.
Se desvivía contando historias. Sus dedos cenceños garabateaban danzando en el vacío, recostada su cabeza ligeramente hacía el infinito, como leyendo en las nubes o si las rescatara husmeándolas del Sotavento, algunas eran de trazos increíbles, otras celosamente desesperanzadoras pero todas, imposibles sin duda alguna.
-Hoy os voy a narrar la historia de un marinero ciego enamorado de las alas de una gaviota…-.
Él siempre declaró que lo trajo el huracán Gilberto, que andaba pescando cuando los fuertes vientos despedazaron su barca y lo arrancaron del mar enviándolo río adentro dejándole por herencia, una sanguínea nostalgia de filiación marina.
Un día sin sol, ni sombras, ni luna desapareció como se vino, nadie pareció hecharlo de menos. El mismo Sotavento casi barrió su nombre y los febriles restos de su memoria. Pero de vez en cuando, después de la temporada de huracanes, de aquellos que alguna vez fueron niños y aún de los que todavía se atreven a serlo, de repente se asoman cuando alumbra el atardecer, perfilándose sus siluetas en el puerto, allí, en la orilla de la perla del Papaloapan, pensando que tal vez el mar lo devolverá río arriba de nuevo, con racimos de historias, todas imposibles eso es cierto.

Cuento extraido del libro 24 leyendas vivas de Querétaro y una memorable historia a orillas de la perla del Papaloapan.
Número de registro: 03-2008-072912504300-14

Dedicado al Huracán Gilberto, a mas de diez mil km río arriba.
Un agradecimiento especial al pueblo de Tlaco.
Un dulce cariño por el rio de las Mariposas.
Y una pasión, el son jarocho.